El mate de los abuelos

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Siempre pensé que el mate que tenían mis abuelos lo tuvieron desde siempre. No sé, para mí era como algo que siempre había existido. Es un mate de calabaza, tallado con figuras geométricas y un borde de plata, divino. Ese mate tan familiar junto al que escuché historias in-cre-í-bles, esas que son de un tiempo en el que no existía ni siquiera la televisión. Bueno, imaginate la cantidad de tiempo que tenían para conversar, para compartir en familia y con amigos. ¡Un montón! Como vivimos en casas pegadas, visito a mis abuelos todos todos todos los días, y gracias a ellos, yo también soy un matero de ley.

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Familia, amigos, mates y cocina

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Soy hombre, vivo solo desde hace unos pocos años, estoy terminando la carrera y tengo novia. También soy hijo, hermano, tío, nieto, cuñado, sobrino y primo. Cuando recién me había mudado no sabía hacer ni papa hervida, y tenía un plan genial para no tener que encarar en la cocina: visitar a toda mi familia y amigos a la hora de la cena, sin abusar claro. Pero eso no era problema, porque soy hijo de padres separados -con lo cual ahí ya van dos casas-, tengo tres tías por un lado y dos tíos por otro, quienes a su vez tienen hijos que viven solos o con sus parejas. Tengo una abuela por parte de madre y un abuelo por parte de padre, o sea, dos casas más. Amigas y amigos tengo a montones, por suerte, de los de toda la vida, del liceo, de la facultad, amigos de mis primos… en fin, no me puedo quejar, soy un tipo que tiene mucha gente alrededor, y encima me quieren.

Además de ser buenísimo para mi persona esto de sentirme querido, era genial para mi plan de no cocinar nunca y de paso hacerle visitas a toda mi familia. Mis tías chochas con verme aparecer, mis abuelos, ni te cuento, mis padres también. ¡Todos contentos! Era genial. Siempre caía con algo para tomar o algo para el postre y listo.

Todos sabían de mi plan, no era nada oculto, y se lo tomaban re bien, les hacía gracia. A veces hasta me preguntaban qué me gustaría comer.

Yo solo tenía que programar con unos días de anticipación y listo, tenía mi agenda de la semana.

Y claro, pasó lo que tenía que pasar. De tanto ir de casa en casa y de comida deliciosa en comida deliciosa, me fueron dando ganas de aprender a cocinar. Sobre todo cuando iba a lo de mi tía Miriam -que también es mi madrina-, porque ella quería que yo aprendiera, entonces siempre me decía que fuera un rato antes, me esperaba con el mate pronto y con todos los ingredientes para elaborar la comida de ese día. Yo cebaba mate para los dos y prestaba atención a todo el proceso. Y así, gracias a mi tía, me largué a pedirle las recetas a mi gente cada vez que una comida me encantaba.

Hoy soy un hombre que cocina de maravillas y que invita a su familia a comer, un poco para retribuirles todo el alimento proporcionado durante tanto tiempo y otro poco porque ya me acostumbré a eso de comer en familia, y si no los veo los extraño.

Y siempre, siempre, siempre, haga lo que haga para comer, lo preparo con mi mate, como la tía Miriam.

Cosas que no cambian

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De tradiciones sé bastante, por suerte. Vengo del campo, de una familia que trabajó la tierra toda la vida. Mis abuelos lo aprendieron de sus padres y le enseñaron todo a los míos, quienes nos enseñaron a mis hermanos y a mí. Yo voy a seguir en ese camino, no solo por tradición familiar sino porque realmente me gusta. Tanto me gusta que hace pocos años me vine a la capital a estudiar Agronomía. La especialización que quiero seguir podría haberla estudiado en mis pagos, pero elegí venirme a la capital por ella, mi novia de siempre, ya que su carrera sólo puede estudiarla en Montevideo.

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Mate pronto y mucho para contar

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Un día cualquiera, en un smartphone:

Juan: Tenemos que vernos.

Marian: ¡Ay sí!, hace pila que no nos vemos, amigo.

Juan: ¿Cuándo podés?

Marian: No sé, este finde capaz. Hablamos y coordinamos, ¿ta?

Juan: Dale, mandame mensaje y nos juntamos.

 

Al mes y medio:

Marian: ¡Hola! ¿Cómo va?

Juan: ¿Qué hacés, amiga? ¿Todo bien? ¡Nunca nos juntamos al final!

Marian: Somos de terror. ¡¿Mirá que me pasa con todo el mundo, eh?! No solo contigo. No sé, no encuentro momento, ando a mil.

Juan: Bueno, ¡pero una horita tenés que tener! Cuando salís de trabajar, antes de ir a la facu.

Marian: Sí, puede ser, te aviso.

 

A las dos semanas:

Juan: ¡No me avisaste nada!

Marian: No, ¡y vos tampoco!

Juan: Un desastre lo nuestro.

Marian: Sí.

Juan: 😯

Marian: 😭👻💪

Juan: 😄😄

 

Al otro día:

Juan: ¡Marian!

Marian: Tengo el mate pronto y muuuuuuuchas cosas para contarte.

Juan: ¡¿Mate pronto?! Dale, venite a casa, y si tenés tanto para contar ya voy poniendo más agua.

Marian: Llego en 10 👏👏😁

Adiós al verano

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Jueves, ¡qué gran día va a ser hoy! Hace semanas que con mis amigos venimos organizando un partido de fútbol seguido de un asado para despedirnos de las vacaciones.

La idea fue de Martín, o, “el gordo”, como le decimos nosotros, empezó a hablar de lo bueno que estaría este año terminar el verano con un partido de fútbol y un gran asado, ya que a partir de marzo vamos a estar todos más complicados con la facultad y el trabajo y no vamos a tener la oportunidad de coincidir todos en los mismos días y horarios. Tengan en cuenta que en mi grupo de amigos somos como quince.

Al gordo se le ocurrió que sería divertido que todas nuestras familias, que se conocen desde siempre, estuvieran incluidas, por eso tuvimos que empezar a planear el evento con anticipación, mucha gente, mucha comida.

Y por fin llegó el día. Mis amigos y yo siempre nos dividimos en colores; algunos jugamos con camisetas rojas y otros con azules. Yo, obvio, me pongo la roja.

Y bueno, después del partido, ¡a comeeeer! El que cocina el asado es José, el padre de Juanjo, hace los mejores asados y nos tiene comiendo hasta bien entrada la tarde. Esto es gracias a José y a sus asados y también gracias a los mates que van de mano en mano incentivando la charla.

Ahora sí, ¡buen jueves para todos ustedes!