El mate de los abuelos

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Siempre pensé que el mate que tenían mis abuelos lo tuvieron desde siempre. No sé, para mí era como algo que siempre había existido. Es un mate de calabaza, tallado con figuras geométricas y un borde de plata, divino. Ese mate tan familiar junto al que escuché historias in-cre-í-bles, esas que son de un tiempo en el que no existía ni siquiera la televisión. Bueno, imaginate la cantidad de tiempo que tenían para conversar, para compartir en familia y con amigos. ¡Un montón! Como vivimos en casas pegadas, visito a mis abuelos todos todos todos los días, y gracias a ellos, yo también soy un matero de ley.

En esas historias, siempre, en algún momento, mis abuelos decían la palabra “mate”, y eran tan pero tan interesantes que yo me abstraía completamente y me olvidaba del mundo. Eran historias que tenían una parte de verdad y a partir de ahí se tejían un montón de fantasías. Mi mente se iba con mi imaginación, y ellos, aprovechando esa situación para “divertirse barato”, habían inventado un juego que consistía en estar muy atento a cuando alguno de ellos dos dijera la palabra “mate.” Era súper divertido, si yo la descubría en seguida, había premio (y si no también). La encargada de entregarlo era mi abuela, y se aparecía con un par de caramelos, un bizcochuelo hecho por ella, un juguete, un librito nuevo o algo que ellos sabían que me iba a dar alegría.

A medida que iba creciendo, las charlas iban cambiando, de a poquito, como cambian todas las cosas. Habían pasado ya muchos años, y un día, charlando de la vida, me hicieron acordar de aquel juego de descubrir la palabra “mate” escondida en cada historia. Ellos me conocen tan bien que sabían que yo iba a querer jugar. Jugamos, gané y con una sonrisa cómplice la miré a mi abuela pidiendo mi merecido premio. Mi abuelo me extendió un mate perfectamente cebado, como siempre. Mi abuela no se movió, solo sonreía y me miraba con sus ojos tiernos.

“Dale, abu, traeme algo, que seguro tenés”, le dije.

“El premio te lo acaba de dar el abuelo”, me dijo.

Miré el mate, los miré a ellos y volví a mirar el mate. “¿Me lo regalan?”, pregunté asombrado.

“Sí”, me contestaron. Y me hicieron la historia de ese mate que templó tantas otras historias. Resulta que había sido el regalo que yo les había hecho a ellos en su primer Día del Abuelo, cuando yo era un bebito de apenas once meses. Y me dijeron: “Este mate siempre fue nuestro, pero en realidad también fue siempre tuyo. La única condición es que se va a quedar acá esperándote para matear, como todos los días.”

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